La enfermedad del son

Rodulfo Vaillant García

Hace varios días me encontré con una amiga francesa quien decepcionada se me acercó a preguntarme qué había pasado con el Festival Matamoros Son. En su rostro se reflejaba el disgusto pues ella había viajado, junto a un grupo de sus compatriotas, para disfrutar del evento, cuyo comienzo estaba señalado para el día 8 de mayo.

Sentí una mezcla de tristeza y vergüenza, pues es muy triste lo que ha venido sucediendo con este importante festival, que no se celebra desde el 2014.  Por supuesto que esto ha generado diversos comentarios negativos acerca de las entidades que tienen que ver con el asunto: Dirección Provincial de Cultura, Empresa Provincial de la Música Miguel Matamoros e Instituto Cubano de la Música.

Creo que es imposible llevar adelante cualquier acción cultural (especialmente una de la envergadura del Matamoros Son), sin que se constituya a su debido tiempo un comité organizador que diseñe y ejecute el programa a partir de una idea primaria.

Hemos visto la manera en que en otras provincias se consolidan, a través del trabajo serio y sistemático, otros festivales. Es lastimoso que en este territorio de tanta importancia para la cultura cubana y en especial para la música, un evento dedicado a un género que nos define como país, y que ha traspasado las fronteras de nuestra Isla, no llegue a feliz término.

Desde hace varios años, centenares de turistas procedentes de varios países, principalmente europeos, vienen a Cuba para aprender a bailar el son. Conocemos que existe en el mundo un sin número de academias e instituciones, donde profesores cubanos enseñan los pasos y movimientos de lo que es un verdadero baile nacional.

Hemos conversado con extranjeros que, siendo amantes de nuestra música, han venido periódicamente a la urbe santiaguera para compartir con sus músicos y sus ritmos santiagueros.

Estamos perdiendo la oportunidad de atraer a este turismo, amante y conocedor de nuestra música, y los beneficios culturales, sociales y económicos que se derivan de este fenómeno.

 

Llama la atención que no haya brindado una explicación pública de lo sucedido. La interrogante está en el aire, la población pregunta. Esta situación se proyecta hacia el futuro. Es una golpe lanzado al mentón, una bala directo al corazón de ese cuerpo robusto que es el son cubano.

Me conforta saber que, independientemente de lo sucedido, el son es un protagonista permanente de nuestra realidad. Se baila y se escucha en muchas locaciones. Y en ellas compite, aunque parezca mentira, con géneros tan difundidos y populares en la actualidad como el reguetón.

Santiago de Cuba cuenta con una veintena de agrupaciones soneras que gozan de excelente calidad. A la cabeza de ellas tenemos al Septeto Santiaguero, con su Grammy Latino y sus numerosas y ya acostumbradas nominaciones. Esta base es propicia para la realización de un festival exitoso. Solo se trata de aunar voluntades y sueños, para prestigiar a este ritmo que pone en movimiento las cinturas y pies de europeos, asiáticos, americanos y latinos.

Atención: Santiago de Cuba, por derecho propio, se merece su Matamoros Son.

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